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Lo que mal empieza, bien acaba
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Lo que mal empieza, bien acaba

Ningún comienzo es fácil, tampoco si se trata de la entrada en el mercado laboral. La experiencia de Maite Gumbao bien podría servir para ilustrarlo. “Apenas tenía catorce años cuando vine a trabajar aquí, recién salida de la escuela. Obviamente, el primer día no sabía nada, no conocía a nadie y pasé la jornada sola hasta las 10 horas de la noche. Llegué a casa llorando, porque no quería volver. Mi madre me tranquilizó y al día siguiente empezó a cambiar todo”, recuerda. Así, al ser preguntada sobre su trayectoria profesional, ahora solo puede destacar grandes amistades y buenos momentos. “Las más jóvenes nos juntamos en un grupo. A muchas nos mandaron a las instalaciones de Sagunto y aquello era como una familia de unas sesenta personas”, prosigue la entrevistada.

Mayte es una de esas trabajadoras que ha escrito la historia de su vida en Naranjas Torres, donde ha sido testigo de la evolución de la industria agrícola, pasando de los usos manuales a la mecanización, así como de la sociedad en general. “Me saqué el carnet de conducir a los 20 años, pero a trabajar iba con el camión de la empresa, donde nos sentábamos en las propias cajas de la fruta. Si se retrasaba por la faena en el campo, pues tocaba esperar lo que hiciese falta. Esto a las nuevas generaciones les suena increíble: tener el vehículo propio aparcado para ir en esas condiciones. Pero la verdad es que lo pasábamos genial, cantando durante el camino o parando para coger nísperos”, relata ella misma.

Y las anécdotas no dejan de sucederse en su recuerdo, como aquella Nochevieja que terminaron de limpiar el almacén tan tarde que todas las compañeras decidieron cenar y festejar el nuevo año juntas. O ese otro día en que manipulaban naranja de la variedad Satsuma y se le enganchó la falda en el tren de la cadena productiva cuando intentaba desatascarlo. “Nunca más he venido a trabajar vestida así”, afirma entre risas al hacer memoria. Con todo, ese primer mal trago no solo queda lejos, sino que se ha disipado con el paso del tiempo. “Siempre he trabajado muy a gusto aquí y sigo haciéndolo”, concluye Maite.

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